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    October 26

    Corrupción

     
    Miedo, nervios, esperanza, sonrisas, miradas, suspiros, valor
     
    - Te amo, siempre te he amado. Recuerda cada palabra que te he dicho, cada caricia, cada consuelo... siempre he sido tuyo. Siempre había amor tras todo ello. Siempre te he amado.
     
    Expectación, temblores, no hay vuelta atrás.
     
    Ella tomó la palabra:
     
    - Dani... Dios Santo... Dani, lo siento... yo...
     
    Incredulidad, asomo de rabia, dolor, miedo.
     
    Ella siguió hablando:
     
    - Tú siempre has sido mi amigo, ¡mi mejor amigo! Eres como mi hermano, eres mi confidente, mi compañero, mi alivio y, cuando realmente sufro, incluso eres mi salvador, pero... no mi amante. No puedo verte así, no a tí.
     
    Mohín de incredulidad, rabia, dolor, tristeza e inaceptación. Asomo de lágrimas.
     
    - Pero... yo he nacido para amarte... ¡existo para protegerte! ¡Te amo! ¡No puedes dejarme de lado!
     
    - ¡No, no quiero dejarte de lado! Quiero que seamos amigos, como siempre...
     
    - ...¿cómo si esto no hubiera sucedido nunca?
     
    Ella guardaba silencio.
     
    Instinto de autoprotección. Sentimientos positivos (fracasados) desapareciendo. Asomo de rabia. Animadversión.
     
    - ¿Piensas que si fingimos que no me he declarado, mi amor por tí desaparecerá?
     
    - Dani... lo siento.
     
    Rabia manifiesta.
     
    - ¿¡ Es que sólo sabes decir eso !?
     
    - Pero, Dani... Dios mío, ¿me estás gritando? ¿Pero qué te pasa?
     
    Rabia contra ella, rabia contra mí mismo.
     
    - Si esa es tu decisión, sólo puedo respetarla. Me marcho.
     
    - ¿Te marchas? ¿A dónde?
     
    - No importa a dónde, sino de dónde. Me marhco de tu vida.
     
    - ¡No! ¡Por favor!
     
    Extraña sensación. ¿Deleite? ¿Venganza? Yo he perdido mucho tiempo, me espera mucho dolor... pero ella no saldrá indemne. Yo perderé a mi amor, ella me perderá a mí.
     
    - Como comprenderás, no puedo seguir viviendo contigo a mi lado. No después de esto. No para ver cómo entregas a otros lo que yo anhelo. No para pudrirme en la soledad de pensar sólo en tí. No para fingir que esto no ha pasado. Ha pasado, y tendría que haber pasado antes. Habría perdido menos tiempo, pues hace ya mucho que lo doy todo por tí, y nunca recibo nada.
     
    Ella temblaba. Amargas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
     
    - ¿Es que mi amistad no significa nada para tí, Dani?
     
    - Significó. Y podría haber significado el inicio de algo mucho mayor, que nos habría llevado a la felicidad. Pero has decidido romperlo.
     
    - ¡Tú eres el único que está rompiéndolo todo!
     
    ¿Era eso un acceso de rabia por su parte? ¡ENCIMA!
     
    - ¡He sido tu juguete demasiado tiempo! Yo no soy el saco de lágrimas de nadie.
     
    Ella abrió enormemente sus ojos. Tembló, lloró, y sólo pudo balbucear...
     
    - Dios mío... eres un monstruo...
     
    - No, soy un hombre. Y tú has cometido el error de pensar que yo sería diferente, que yo no te deseaba, que no tenía orgullo, que podía ser para tí como tú eras conmigo.
     
    Se dio la vuelta y se marchó. Odio, rabia, una inmensa pena, ansias de volver atrás, de pedir perdón, de llorar junto a ella. Orgullo.
     
    Todas esas emociones se fueron al cabo de un tiempo, dejando su indeleble marca.
     
    Corrupción.
     
     
    October 12

    Venganza, esperanza

     

    Venganza, esperanza.



    CAPÍTULO 1: Recuerdos de otra lluvia.

    Victoria cruzaba las empapadas calles de Torrente, apenas cubierta por su capucha mientras el cielo descargaba su pena sobre ella. Sus ojos, verdes y de mirada intensamente indescifrable, escrutaban el barrio de chalets y casas de campo en busca de una presa suculenta, alguna que le hiciera pensar que había merecido la pena mojarse. Pero, lejos de estar buscando pasión pasajera o una historia de amor, Victoria buscaba alguien a quien juzgar. Buscaba algún desconocido del que vengarse.


    La historia se remontaba cinco años atrás, cuando ella contaba con dieciséis años de edad y varias décadas de experiencia. Su mirada, ya por entonces intensa pero de marcada tristeza, había escrutado otro barrio de residencias bajo una lluvia que, con su murmullo, parecía reirse de ella. Estaba buscando el pasado, una noche que ya terminó junto a un hombre al que se le daba bien mentir. Buscaba sus palabras de amor, su torso desnudo bajo la lluvia, su mirada de penetrante mentira, su íntima invasión en el amparo de la oscuridad. Buscaba recuperar una mentira, y ser feliz en su autoengaño pero, lejos de poder lograrlo, se veía a sí misma mojada, fría, triste y arrepentida. Victoria se veía derrotada, y hasta el cielo le hacía burla.


    Suerte sería como un hipócrita llamaría al hecho de que Gabriel, mejor amigo, compañero y confidente de Victoria desde la infancia, se cruzase en ese momento por el camino de Victoria. Lejos de ser algo fortuito, Gabriel venía deliberadamente cual arcángel salvador a buscar a su perdida Victoria, a llevarla a un lugar cálido, a secarle las lágrimas y a llevar a cabo el cometido por el que llevaba soñando toda una vida. Era el momento idóneo para que Victoria, su Victoria, se diera cuenta de hasta qué punto el resto de hombres eran basura, y permitiese que él, su ángel guardián desde la infancia, tomase el lugar que le correspondía en su vida, su corazón y su cama.


    Así fue como Victoria, creyéndose a salvo en compañía del único hombre en quien aún confiaba, comenzó a sentir una sensación que ya había descartado para esa noche. Sintió una mano, gentil pero firme, invadiendo la humedad de sus pechos; sintió unos labios de hombre susurrándole el cuello y cómo una pierna ajena se empezaba a acoplar a la suya. Se estremeció cuando palabras dulces que no deseaba oir le asaltaron el oído, y se sintió culpable cuando tuvo que admitir que, pese a la conmoción, sentía su propia humedad fluir y el cuerpo le pedía a gritos el calor de un hombre en esa fría noche.


    Esa fue la noche en la que Gabriel dejó de imaginarse que estaba con su Victoria mientras le hacía el amor a otras mujeres, porque, efectivamente, estaba con ella. Había logrado tocar ese cuerpo prohibido, y sentir lo que otros habían sentido tan facilmente. Esa fue la primera noche que Gabriel alcanzó el cielo, y la última que vio a su amiga.


    De nada sirvieron las súplicas. Gabriel era, pese a todo, un hombre; y un hombre no tolera que una mujer se le eche atrás. No sin consecuencias. Cuando Victoria trató de hacerle entender la situación, Gabriel sólo clavaba en el vacío una mirada más fría y vacía que la noche, negándose a admitir que su victoria se le escurría entre los dedos, que la gloria era pasajera, y que tendría que volver a esforzarse por reconstruir en ella lo que otros romperían, sin más recompensa que el recuerdo de algo que ya pasó. Gabriel lloró, sí, pero se juró a sí mismo que Victoria lloraría más. No tardó en lograr su objetivo.


    Todo hombre capaz de devolver la vida con palabras, es también capaz de quitarla. El fracaso con su amante mentiroso, la soledad bajo la lluvia, y el hecho de escuchar a su ángel guardián escupiéndole frío veneno al corazón fue suficiente para que el corazón de esa niña se declarase derrotado y se sumiera en un silencio profundo. Una mujer destrozada, carente de sentimientos activos, guiada durante años por sentimientos residuales y con una única palabra en mente, “venganza”, fue la que engendró a la Victoria que, cinco años después, paseaba por Torrente en busca de venganza. A un desconocido, a cualquier hombre, al mundo entero. Venganza.

    CAPÍTULO 2: Las víctimas


    Sin embargo, en el paso de estos cinco años, Victoria no se había dedicado únicamente a lamerse las heridas y pensar en venganzas imposibles. Victoria las había llevado a cabo; había echo llorar hasta la desesperación a los peores sátiros de entre los hombres, había liberado de la mentira a otras mujeres que ya se habían unido a ella, había desacreditado todo tipo de amistad entre sexos, había instrumentalizado a los hombres. En general, le estaba haciendo al mundo lo que el mundo le había echo a ella. Venganza. Revolución. Dolor.


    Así había sido los dos primeros años. Después, ya siendo mayor de edad, pensó que su venganza debía tener proporciones más grandes. Destrozar vidas no era sólo destrozar corazones, aunque en su caso hubiese bastado, y, pensándolo bien, si algo salía mal lo peor que podía pasarle era ir a una cárcel de mujeres, donde estaría lejos de sus enemigos y dejaría de fingir normalidad ante sus padres. Así comenzó la vida delictiva de Victoria, en la cual, asociada con sus mujeres liberadas, cada vez en un lugar distinto y con intervalos largos de tiempo, Victoria se hacía la perdida víctima llegando en la noche a la casa de alguna estudiada víctima. Eran solteros, tenían dinero y alguna vez habían sido vistos recibiendo prostitutas en sus casas.


    El proceder era sencillo. Victoria llegaba, “asustada y triste”, y pedía hospitalidad que era gustosamente otorgada por los degenerados. Se interesaba por el propietario, pese a que ya sabía lo que necesitaba. Se interesaba por la casa, dejando ventanas y puertas abiertas. Echaba algo en el vino a su víctima, que adormecía sus sentidos. Se lo llevaba a la cama, y le permitía hacerle cuanto él quisiera para así reavivar su odio hacia los hombres y jamás arrepentirse de sus actos. El estado alterado de éste le impedía escuchar el resto de sonidos de la casa; el de las secuaces de Victoria llevándose dinero, objetos valiosos y alguna prueba incriminatoria.


    No era necesario un chantaje posterior. Cuando la víctima se veía sola al día siguiente, sin dinero, sin coche, y sin algún objeto o documento cuya revelación podía ser catastrófica comprendía inmediatamente que había sido engañado demasiado bien, y que, en todo caso, le convenía cerrar la boca y no cometer nunca el mismo error. Las secuaces de Victoria disfrutaban el dinero, y se divertían con ello. Victoria se resarcía en la humillación del hombre al despertar. Por solterón, por corrupto, por putero. Por hombre.


    Fueron tres años de delitos separados por todo el país. Tal era la lealtad de las secuaces hacia su jefa, que las pocas que cometieron la imprudencia de dejar pruebas y fueron cojidas jamás relevaron nada sobre sus compañeras o su jefa. Es más, incluso disfrutaron la estancia en la cárcel. Y así, Victoria se consumó en un estilo de vida basado en la recreación en el pasado y en la venganza por este, sin casi darse cuenta de que ya tenía dinero para tomarse unas buenas vacaciones, y que no tenía valor para ir a por Gabriel, o a por su amante mentiroso. Ella decía que era por seguridad, y todas lo creían. Ella sabía que era miedo, y eso aumentaba su odio.


    Hasta que se topó con él.

    CAPÍTULO 3: Un futuro bajo el sol.


    Ramón era un hombre de treinta y siete años, vivía solo, no tenía hijos aparentemente y gustaba de recibir gente en su casa. Amigos de todo tipo, representantes de la editorial en la que trabajaba, e incluso una prostituta que, según había observado una secuaz de Victoria, volvía con cierta asiduidad.


    Victoria no le había visto en persona, pero eso poco importaba. Un hombre que se acerca a los cuarenta, solterón y asiduo a una misma prostituta caería ante ella, una estudiante de veintiún años, con una facilidad pasmosa. Así pues, cuando buscó por Torrente su residencia y la encontró, bajo esa repentina lluvia que tanto había avivado su odio (pues ella nunca trabajaba bajo la lluvia), quedó turbada ante la expresión de serenidad y concentración de Ramón que, como él mismo le explicó posteriormente, era debida a la inspiración.


    -Disculpe, caballero, estoy un tanto perdida y sola, y me preguntaba si no le importaría dejarme hacer un par de llamadas...


    Ramón la miraba divertido. Saliendo del trance de la inspiración, comenzó a sonreir hacia ella. Una sonrisa sin maldad que la puso nerviosa, si bien ella no lo dejó entrever.


    -Verá, esque unas amigas que tenían que recogerme por aquí han tenido una avería en el coche y...


    -Las explicaciones dentro, pequeña. Pasa, por favor.


    Victoria entró en la casa, quizá la más elegante de cuantas había saqueado. No era ostentosa, ni tampoco muy grande, pero tenía un toque de sabiduría y arte manchando las paredes. Esa casa no parecía la típica caja fuerte a saquear. ¿Acaso se habrían equivocado esta vez?


    Pese a la duda, prosiguió con el plan.


    -Disculpe, no he querido importunarle en la entrada pero... me ha parecido reconocer que es usted Ramón Villalba, el escritor de cuentos.


    -Bien reconocido, pequeña. Si no es indiscreción, ¿a quién estoy albergando en mi casa?


    -¡Oh! Perdone mi descortesía. Mi nombre es Sara Ramos, soy estudiante de periodismo.


    La mentira de siempre. Hasta ese momento, Ramón había estado hablandole desde la habitación contigua, y regresó con un chándal discreto y abrigado, una toalla y una esponja nueva.


    -Encontrarás la ducha al fondo del pasillo. Date una caliente para desentumecerte, y mientras te prepararé la cena. Cenando ya me contarás tu odisea, ¿conforme?


    -Conforme, señor. Muchas gracias – añadió con sencillez.


    Así que una ducha, ¿eh?. Bueno, no le había dado tiempo a abrir puertas y ventanas, pero seguro que sus chicas se las apañarían. Lo cierto es que ya una vez le tocó hacerlo en una ducha, pero el hombre había ingerido ya la droga, y era una ducha más grande. Se estremeció un poco pensando en que podría resultarle difícil y que tendría que emplearse a fondo, pero pronto recuperó la confianza en sí misma. “Podré hacerlo, desvalijaré a este escritor de poca monta y me marcharé”.


    Y esperó. Abrió el grifo de la ducha, se desnudó completamente y siguió esperando dentro. ¿Porqué tardaba tanto? No podía enviar la señal de llamada a sus compañeras hasta que él no estuviera con ella. Mientras cabilaba esto, segura de que en cualquier momento él entraría por esa puerta con la mirada fija en ella hablando de sus mutuas necesidades, le llegó de lejos el olor a sopa caliente y comida casera.


    Victoria no daba crédito. Decidió terminar su ducha, prolongada, y finalmente salir.


    -¡Cuanto has tardado, pequeña! Pero así mejor; tardo demasiado en cocinar, y te habrías aburrido.


    Ella no supo qué contestar. Se sentó a la mesa, vestida con su chándal y el pelo mojado, y empezó a comer en silencio. Sabía que sus compañeras se estarían impacientando.


    -¿Está bueno?


    -Sí señor, mucho. Muchas gracias.


    -¡Pero deja ya de llamarme señor! Me hace sentir más viejo de lo que ya soy -añadió sonriendo-. Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí?


    Victoria le contó una enrevesada historia sobre viajes de universidad, compañeros irresponsables pero muy guapos, y dejó entrever en su historia lo libertina y fogosa que ella puede llegar a ser. Ramón la miraba divertido, como añorando otros tiempos.


    -Me recuerdas a mí mismo en el pasado, Sara. Cuando era universitario, y salía cada noche a autodestruir mi cuerpo con alcohol y sexo inseguro. Era imprudente, pero, para qué negarlo, era divertidísimo. De echo fue así como conocí a mi mujer.


    Sorpresa. ¿El tío estaba casado? ¿Y recibía prostitutas? Victoria pensó que en esto tenía la llave para empezar a odiar a este hombre.


    -Y, ¿dónde está su mujer ahora?


    -Por desgracia, murió hace seis meses.


    -Dios santo, cuanto lo siento...


    El odio de Victoria se templaba, pero no estaba dispuesta a dejarse derrotar así.


    -Y... ¿ahora no sale con nadie? Quiero decir... tendrá alguna amante... alguna amiga... - “o algún instrumento”, pensaba Victoria avivando su fuego.


    -No.


    -¿No?


    -No.


    Se hizo el silencio. Victoria se ponía nerviosa, Ramón se concentraba. Estaba buscando palabras. Explicaciones entendibles.


    -Verás, Victoria. Sé que quizá esto te resulte difícil de comprender siendo tan joven y con un cuerpo tan vivo, pero cuando alcanzas mi edad el sexo es algo bello para compartir con una persona con la que también compartes tu vida. Radicalizarse con el sexo seguro y con pareja en la juventud es una estupidez, así como algo difícil de llevar; pero cuando ves que tu cuerpo empieza a sentir los achaques de la madurez, deseas entregarte humildemente a alguien a quien amas y que perdona tus crecientes debilidades, así como tú las suyas. Yo he preferido entregarme a una vida intelectual, y, si acaso algún Dios existe, encontrarme con mi esposa en el otro lado.


    Eso fue demasiado para Victoria. En un arrebato, y lanzando al suelo con un golpe seco su cuenco de sopa, gritó:


    -¡Mentira! ¡Maldito mentiroso, bastardo, putero, mentira!


    Ramón no sabía qué era lo que más le había sorprendido, si la reacción de Victoria, o el hecho de verla llorando amargamente recostada en el mantel. Ramón creyó que empezaba a comprender, que debía haber rescatado algún tipo de recuerdo amargo... pero sabía que algo se le escapaba.


    Victoria seguía llorando:


    -Mentira, mentira, mentira... Nosotras le vimos, ¡le vimos!


    -¿Quiénes sois vosotras, pequeña? ¿Y qué visteis?


    -Vimos cómo usted recibía a una prostituta, que se deja alquilar por cerdos y va a sus casas a calmar sus instintos. ¡Lo vimos!


    -Se llama Judith, y es mi amiga. Soy el único amigo que tiene en este mundo, y la intento ayudar a prosperar y a que deje esa vida. No me importa que la gente piense que aquí dentro me acuesto con ella; ambos sabemos que no es así, y que mientras todos se dejan llevar por sus mentes sucias, nosotros disfrutamos dándonos consejos, sabiduría, y tomando café.


    El rostro de Victoria era totalmente inexpresivo, totalmente pálido. Débiles lágrimas aún caían sobre su mejilla, sollozaba, deseaba desaparecer. Se había permitido, después de cinco años, un momento de debilidad.


    -Creo que me debes una explicación, Sara.


    Victoria comprendió la verdad. No iba a poder irse tan fácilmente. O quizá sí, podría salir corriendo y huir, pero algo se lo impedía. Era la mirada de ese hombre, mirada sabia, alejada de instintos, dominada. Un genio, un ángel. Un hombre.


    -Mi verdadero nombre es Victoria, y hace cinco años que estoy vengándome del mundo.


    Victoria le relató, resumidamente, su historia adolescente, y después su desarrollo en la venganza. Lo relató con total frialdad, como el epitafio de un revolucionario que ve sus ideales traicionados, y aún así no se arrepiente de nada. Lo relató como un historiador narraría la crónica del héroe finalmente derrotado. Le contó lo que había sido su vida, y lo hizo afrontando que sería el final.


    Pero no fue el final.


    -Sara...


    -Ya te he dicho que no me llamo Sara. Mi nombre es Victoria.


    -Para mí eres Sara, la joven universitaria y alocada que deberías ser, y en la que aún puedes convertirte. Quiero tener fe en ello.


    -¿Fe? ¿De qué le sirve a usted la fe en mí?


    -No lo sé, pero de todos modos no arriego nada. En estos momentos, ya habrás supuesto que no hay en mi casa nada por lo que puedas incriminarme, y quizá incluso nada que merezca la pena ser robado.


    -No te quiero atacar, Ramón. A tí no.


    -¿Y por qué no?


    Victoria no supo contestar, así que Ramón lo hizo por ella.


    -No me quieres atacar porque yo soy la prueba que te incrimina a tí misma, y pese a todo lo que has cometido, deseas que yo exista para algún día poder arrepentirte de todo lo que has hecho. Yo soy la excepción que deseas que se repita en alguien más joven que te haga renacer. Yo soy la esperanza, el hombre dominado por ideales, no por chantajes.


    -¿Llamarás a la policía?


    -No.


    -¿Y delatarás a mis compañeras?


    -No. Es tu deber, si deseas renacer, el deshacer con tiempo y paciencia los daños que hayas causado. No devuelvas el dinero robado, pero no lo gastes en robar más. Tómate las vacaciones que necesitas, y vuelve al mundo siendo Sara, la verdadera Victoria que yo he descubierto esta noche.


    Victoria se marchó, confusa, bajo la tenue luz del amanecer que ya acontecía. ¿Merecía la pena perdonar a todos los hombres por uno solo? ¿Merecía la pena romper reglas por sus excepciones? Y para Ramón, ¿merecía la pena ser una excepción sabiendo que hay cientos de Victorias ahí fuera, y que ni en toda una vida podría curarlas a todas?


    Aquí cada uno encontrará su respuesta. Victoria encontró la suya, sonriendo bajo el sol.

    Halcón Lunar.